Antifaz de terciopelo negro

Esta era una muchacha loca y ridícula, viviendo en una ciudad de millones de dementes y absurdos. Ella se distinguía por el cinismo en su locura y la honestidad de su ridiculez, portando un antifaz de terciopelo negro en público. Salía a las calles llamando la atención con un trozo de suave misterio en la cara.  La gente apresurada, emitía “No quiere que veamos su cara, seguro es deforme, seguro está herida” Nadie la había conocido antes del antifaz, y quienes se cruzaban en su camino, la recordarían después de él. Salía de su casa con una ordinaria rutina de tomar transporte público, haciendo caso omiso a los pasajeros y a los vendedores. ¿Qué hacía de su vida? ¿De qué vivía? ¿Cuál era su destino? Nadie sabía, pero a todos los que la veían pasar, les gustaba adivinar. ¿Quién sería la mujer atrás del antifaz?

 

Un día, una persona de no más de un metro con treinta centímetros, mejor conocido como niño, se sentó junto a ella en el autobús que atraviesa la ciudad a las siete de la mañana. Ella le dedicó una mirada gentil, notando que en aquella cara infantil comenzaba una sonrisa curiosa e inofensiva. Ella le sonrió incluso antes de que el niño pudiera terminar de armar el gesto facial.

 

La pregunta no anidó por mucho tiempo en esos pequeñitos labios. “Por qué tienes una máscara?” le preguntó. La misteriosa muchacha del antifaz de terciopelo alzó las cejas en sorpresa. “Trabajo en un circo”, ella le dijo.

 

-¿Con payasos? -él preguntó.

 

-Muchos –ella respondió lanzando los ojos hacia arriba.

 

-¿Con animales? –él preguntó emocionado.

 

-Una cantidad rica de ellos –ella asintió con una sonrisa.

 

-¿Malabaristas? –el niño dijo, haciendo ademanes con las manos.

 

-Definitivamente –ella contestó.

 

-¿Cuentan chistes? –el niño inquirió.

 

-Todo el tiempo, pero son muy malos y nadie se ríe –ella admitió con un gesto resignado.

 

-¡Quiero ir! –exclamó el niño.

 

Ella sacudió la cabeza con un solemne pesar. –No creo que sea buena idea. Es un circo para adultos y es muy aburrido. Te aseguro que no le encontrarías sentido a nuestras payasadas y el dinero que pagas por vernos trabajar sería mal gastado. Nos escucharías hablar de tonterías, golpearnos unos a los otros en un afán de comedia física, pero somos una vergüenza. Admitir que trabajo en ese circo es humillante.

 

-¿Por qué no buscas otro trabajo? –preguntó el chamaco.

Acomodándose su antifaz, ella soltó el espíritu de una risita. –Me gusta el antifaz. Es mi uniforme –ella le sonrió y continuó hablando- aquí me bajo yo. Cuídate niño. Cuando seas grande, espero no trabajes en un circo como el mío, pero si lo hicieras, espero que no le hagas caso a los payasos y domines a los animales.

 

-¿Cómo se llama el circo donde trabajas? –el niño preguntó.

 

-Se me olvidaba, en el circo donde trabajo, no podemos decir muchas verdades. El título te lo dejo en misterio. Nos vemos, cuídate. –dijo ella con una palmadita final sobre el hombro del niño. Bajó del camión y caminó unas cuatro cuadras. Al llegar a los pies del edificio donde trabajaba, suspiró profundamente. En lo alto, se leía el nombre de la organización que la empleaba.

 

“Partido Político Prometedor”

 

Y se adentró a ese circo, donde nadie más portaba antifaz, pero todos lo sentían, a veces de terciopelo, a veces de hierro, a veces de fuego.

 

-¿Cuándo te vas a quitar esa cosa ridícula? –le dijo un guardia de la entrada. La observó desprenderse de su antifaz y meterlo en el bolsillo de su chamarra.

 

-Cuando aquí empiece la moda de quitarse la máscara que todos llevan. Yo empecé en el circo, ¿te acuerdas? –ella le replicó.

 

-Me acuerdo… ¿qué hacías en el circo? –el guardia preguntó tranquilo.

 

-Decía malos chistes que hacían reír. Ahora usan mis chistes para campañas malas que más bien hacen llorar –ella dio suspirando- el trabajo de los creativos que no encontraron mucho trabajo después de la crisis.

 

-Pásale a trabajar, loca –le dijo el guardia.

 

Entonces entró ella, vestida de negro, celebrando el luto de su humor. Sintió el contorno del antifaz aún en su cara, suave, sutil, pero siempre presente. Lo único que hubiera podido cambiar esa sensación hubiera sido una sonrisa que quebrara lentamente su cara, pero hace mucho que  no sucedía. Así que por hoy ella iba a seguir siendo un arlequín.

 

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